Narra la leyenda que en el
convento de San Diego, de la ciudad de Quito-Ecuador, vivía hace
algunos siglos un sacerdote joven, el
padre Almeida, el mismo
que se caracterizaba por su afición a las juergas y al aguardiente.
Tanto le gustaba la juerga, que sus
planes eran seguir con este ritmo de vida eternamente, pero el destino le jugó
una broma pesada que le hizo cambiar definitivamente.
Pues una madrugada el padre Almeida regresaba borracho, tambaleándose por las
empedradas calles quiteñas, rumbo al convento, cuando de pronto vio que se
aproximaba un cortejo fúnebre. Le pareció muy extraño este tipo de procesión a
esa hora, y como era curioso, decidió
ver el interior del ataúd, y al acercarse vio su propio cuerpo dentro del
mismo.

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